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"Construir una nueva hegemonia"






Se reproduce la entrevista a Emir Sader, difundida por PUNTO DE VISTA, publicación electrónica del Laboratorio de Políticas Públicas (LPP) de Río de Janeiro y Buenos Aires
Domingo 17 de Agosto de 2008


Emir Sader
es Sociólogo. Director del Laboratorio de Políticas Públicas y actual Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).







El proceso político de la última década en América latina dio por resultado gobiernos de signo distinto del neoliberalismo. Algunos decididamente opuestos, otros con “rasgos contradictorios”, según la expresión acuñada por Emir Sader, analista político brasileño y flamante director ejecutivo de Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales). Pese a las coincidencias que observan en muchos sentidos, en el plano económico los países de la región parece no terminar de romper el molde que la encierra, ni quitarse de encima las sombras de su pasado. Sobre éstos y otros temas conversó Cash con Sader.

¿Qué les está faltando a los países de la región para integrarse y avanzar más aceleradamente en un proceso de transformación?

–Un proyecto estratégico de futuro, una comprensión más clara de lo que es América latina ahora, de la naturaleza de sus regímenes económico sociales en función del rol del Estado. Y pensar en qué futuro tienen más allá del neoliberalismo.

¿Y en qué aspectos cree usted que se avanzó?

–Algunos ladrillos de esa construcción existen, ya sea como realidades o como menciones en discurso. El Banco del Sur, la idea de una moneda única, el Banco Central único, todo lo cual significaría una política económica única, son elementos importantes. Pero al mismo tiempo hay que plantear qué modelo de sociedad queremos, y eso significa pronunciarse en favor de una sociedad desmercantilizada. Plantear qué tipo de Estado queremos, lo cual lleva a proponer un Estado que no esté penetrado por la financiarizacion. Definir qué tipo de cultura, qué identidad y diversidad cultural debemos tener. Decir qué tipo de espacio alternativo creamos, por afuera de la hegemonía unipolar norteamericana.

¿Todo eso qué implica?

–Ese proceso implica no sólo integración económica y social, sino también tecnológica, cultural, educacional, mediática y de estructuras políticas. Existe un esbozo de parlamento latinoamericano, pero aún se está muy lejos de que tengamos estructuras supranacionales de carácter latinoamericano o sudamericano. El tema, podríamos decir, ahora es político, es discutir futuras relaciones de poder. Qué tipo de sociedad, qué nueva hegemonía queremos construir.

Pareciera que alcanzar esos objetivos requeriría un salto de conciencia importante de las sociedades y su clase política, un cambio del paradigma neoliberal de la década anterior. En este sentido, ¿qué papel están jugando los intelectuales de Latinoamérica, ya sean economistas u otros cientistas sociales?

–Tenemos una trayectoria extraordinaria del pensamiento crítico latinoamericano. El gran viraje fue la crítica que la Cepal hizo de la teoría del comercio internacional, que fue dar vuelta el Mundo y pensar el intercambio a partir de la periferia y las formas de desarrollo desigual, de intercambio desigual. Fue pensar en la acumulación a partir de la periferia, con todas las debilidades que tuvo. La gran novedad histórica de la segunda mitad del siglo pasado, en términos económicos, fue la industrialización de la periferia. Hasta ahí, era un tema monopolizado por el centro. La periferia era hacer agricultura, minería, ganadería y nada más.

¿Qué efectos tuvo?

–Este vuelco en el pensamiento económico elevó el nivel de identidad nacional, planteó la relación con las potencias imperiales en un nivel superior. El nacionalismo fue el gran fenómeno del siglo pasado en América latina. Con tonos antiimperialistas mayores o menores, según el caso. Pero la intelectualidad lo concibió. Y en años recientes, varias teorías elaboradas en esa época ayudaron a pensar la acción política de los nuevos gobiernos en la región. Pero no en todos los casos.

¿Podría dar ejemplos de unos y otros?

–En Bolivia, se dio a través de un grupo pequeño de intelectuales, llamado La Comuna (del que surge el actual vicepresidente, Alvaro García Linera). Un núcleo de académicos se articularon fuera de la Universidad y ayudaron al movimiento indígena a repensar su identidad, su trayectoria. A hacer una autocrítica de la izquierda boliviana, de su pasado. En Ecuador también hay sectores intelectuales que están articulados entre sí y con el proceso político. En Venezuela, en cambio, se da un proceso de cambio con una ausencia enorme de una intelectualidad que ayude a pensar ese proceso. Y eso es grave.

¿Dónde ubicaría los casos de Argentina y Brasil?

–Son dos países con mucha más trayectoria intelectual que los que nombré, con muchas más raíces en el pensamiento crítico. Y sin embargo, hoy muestran una ausencia relativa de esta intelectualidad en los temas políticos, ideológicos, culturales y económicos muy grave.

Venezuela, Brasil, Argentina. Está hablando de los países económicamente más fuertes y relativamente más desarrollados y son los que más debilidades presentarían en el plano intelectual para promover un cambio.

–Mi conclusión es que a la intelectualidad, en realidad a su conjunto y no sólo al pensamiento crítico, este período histórico la tomó por sorpresa. Queda como la voz de menor resistencia a los sistemas de dominación, por detrás muchas veces de los movimientos sociales. Fíjese que América latina fue territorio de varias teorías de avanzada del pensamiento crítico en décadas anteriores, pero hoy no encontramos expresadas muchas de esas teorías en el movimiento político latinoamericano, no están ayudando a pensar el proceso contemporáneo.

¿Cuál fue el comportamiento de esos pensadores?

–Usted encuentra que muchos intelectuales del pensamiento crítico de otra época termina adhiriendo al neoliberalismo, porque pensaban a esta corriente como inevitable. Y cuando se ven las cosas así, eso le marca qué hacer. Fernando Henrique Cardoso fue un brillante intelectual de izquierda en los ’60, pero su gobierno en los ’90 no fue distinto del de Menem. Y yo no diría, tomándolo en su conjunto, que es una postura de derecha, pero es un conformismo histórico. Otra parte de la intelectualidad quedó refugiada en posiciones que yo llamaría de ultraizquierda, posiciones que están descolgadas del proceso real. La ultraizquierda tendrá una capacidad crítica enorme, pero nunca ha construido procesos de transformación revolucionaria.

En este debate sobre los gobiernos y las políticas en América latina, muchos pensadores y dirigentes de izquierda siguen juzgando como gobiernos de derecha a aquellos que no han producido una ruptura a fondo con el neoliberalismo.

–Hay una postura que tiende a tomar determinados aspectos de la realidad y los absolutiza, y así pierde objetividad. Hoy la división fundamental no es izquierda buena o izquierda mala. Esa es una postura de derecha que divide a la izquierda. La línea es entre los que están por el proyecto de integración regional y los que están por tratados bilaterales de comercio con Estados Unidos. En el marco de los que están por la integración regional, hay algunos que avanzaron hacia la ruptura del modelo, como Ecuador, Bolivia, Venezuela. Otros han logrado flexibilizar el modelo, como Brasil y Argentina, y ahí esta su mérito. Todo lo que hace al mantenimiento del modelo anterior en Brasil y Argentina es negativo. Pero la política exterior es positiva, la política social es positiva. Y eso vale.

¿No los está justificando?

–No, pero hay que darse cuenta que aunque haya avances importantes en América latina, vivimos en un mundo de hegemonía neoliberal: hegemonía económica, de valores, en la relación de fuerza social. No se puede olvidar que el neoliberalismo puso a todo el movimiento popular a la defensiva. La lucha contra el modelo, por conseguir poner en contradicción sus paradigmas, se dio contra la derecha, y desde posiciones antineoliberales que no eran de izquierda. Logramos tener gobiernos con rasgos contradictorios, y ése fue el resultado de la lucha, de una lucha exitosa. La alternativa era tener gobiernos de derecha, no de izquierda.

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Publicado en el diario Página 12 de Argentina
Domingo 17 de Agosto de 2008

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